Leer Su Excelencia Traficante

Y casi al mismo tiempo irrumpió el miedo.
Pensó en su marido. En las preguntas. En los vecinos. En los compañeros de la Policía.
¿Cómo iba a explicar un cambio semejante? ¿Cómo justificar una cirugía que jamás habría podido pagar con su sueldo?Miles de preguntas comenzaron a atormentarle.
El doctor interrumpió ese torbellino con absoluta naturalidad.
—Vamos a hacer una evaluación completa. Necesito que pases al vestidor y te pongas la bata que vas a encontrar allí.
Le señaló una puerta lateral.
—Después conversamos sobre los detalles.
Adriana se levantó despacio.
Mientras caminaba hacia el vestidor sintió que estaba cruzando una puerta mucho más importante que la de un consultorio.
Era la entrada a una vida que hasta esa mañana solo había existido en sus sueños.
El siete de diciembre era día de medio asueto.
En nombre de la Virgen, el Palacio se vaciaba temprano. A las diez de la mañana comenzaron a bajar los ascensores repletos de funcionarios cargando carpetas, termos y bolsos de viaje. Los más cercanos a los ministros ya sabían que el feriado se estiraría hasta el lunes. El puente no figuraba en ninguna resolución, pero era una costumbre más fuerte que cualquier acordada y privilegio solo de los mimados.
A las diez y media, el piso parecía abandonado.
El silencio ocupaba los pasillos donde, apenas una hora antes, circulaban abogados, relatores, mozos y ordenanzas.
Adriana permanecía en su puesto.
Uniforme impecable. Boina bajo el brazo. Espalda recta.
Martínez salió del despacho acomodándose el saco.
—Nos vemos el lunes. —Hasta el lunes, doctor Martínez.
El ascensor se cerró.
Quedó sola.
Entonces sonó el timbre.
Era un sonido breve, metálico. Adriana ya no necesitaba pensar qué significaba. Durante meses había aprendido que cada toque tenía un lenguaje propio.
Abrió la puerta.
—¿Me llamó, doctor?
Baltasar levantó la vista.
—Pasá.
Esperó a que entrara.
—Llaveá la puerta.

Para saber qué pasó con Adriana…